
El Mundial de la FIFA siempre ha sido presentado como la máxima celebración del fútbol: un evento capaz de unir países, culturas y generaciones alrededor de un balón. Sin embargo, a menos de dos años de su inicio, el Mundial 2026 enfrenta una fuerte controversia que amenaza con romper esa promesa: los precios excesivos de los boletos.
La indignación estalló cuando se dio a conocer que el boleto más barato para la final podría superar los $4,000 dólares, una cifra impensable para millones de aficionados que históricamente han sostenido la pasión por este deporte. Organizaciones de seguidores y asociaciones europeas calificaron los precios como “extorsionadores”, señalando que contradicen el discurso oficial de la FIFA sobre accesibilidad e inclusión.
La crítica no proviene solo de los fans. Medios internacionales han descrito al Mundial 2026 como “el más caro de la historia para los aficionados”, destacando que los incrementos superan por mucho a los de ediciones anteriores. En algunos análisis, se estima que seguir a una selección hasta la final podría costar más de $7,000 dólares, sin incluir gastos de viaje, hospedaje o alimentación.

Ante la presión pública, la FIFA anunció un nuevo nivel de boletos de $60 dólares, argumentando que busca ofrecer opciones más accesibles. No obstante, este anuncio fue recibido con escepticismo. Diversos críticos señalaron que esta categoría representa un porcentaje muy reducido del total de entradas, lo que para muchos resulta insuficiente y más simbólico que efectivo. Para una gran parte del público, la medida no resuelve el problema de fondo.
La FIFA ha defendido su estrategia asegurando que los ingresos generados serán reinvertidos “para el crecimiento del fútbol”. Sin embargo, esta justificación deja una pregunta incómoda en el aire: ¿quién está pagando realmente ese crecimiento? Para comunidades migrantes, familias trabajadoras y aficionados de clase media, especialmente en países donde el fútbol es parte de la identidad cultural, estos precios significan exclusión.
El contraste con otros eventos deportivos internacionales es inevitable. Recientemente, los organizadores de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028 anunciaron que al menos un millón de boletos costarán $28 dólares, asegurando que se trata de una cantidad significativa y no de entradas simbólicas. La comparación ha reforzado el argumento de que sí es posible organizar eventos globales sin convertirlos en espectáculos elitistas.
El fútbol nació en las calles, en canchas improvisadas y barrios populares. Su esencia siempre ha sido la cercanía con la gente. Convertir el Mundial en un evento inaccesible no solo traiciona esa historia, sino que erosiona la confianza del público en las instituciones que gobiernan el deporte.
Si el fútbol es verdaderamente “el deporte del pueblo”, entonces su torneo más importante debería reflejarlo. De lo contrario, el Mundial corre el riesgo de dejar de ser una fiesta global para convertirse en un lujo reservado para unos cuantos. Para la FIFA se acabó el fair play: ya no más Jogo Bonito.

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